Num: 2640 | Viernes 12 de junio de 2021
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Opinión


Este malhadado virus que nos tiene tan agitados y abatidos va a hacer que por intentar seguir vivos nos olvidemos de nuestra vida y de quienes pasaron por ella. Será por eso que los que se han ido en estos meses no están teniendo cumplido homenaje, y pudiera parecer que no han existido. Y ¡vaya si lo hicieron!

 

Hemos de honrar a nuestros difuntos, estarás de acuerdo conmigo, enterrar a los muertos como debemos. Y como es difícil oficio rendir homenaje a quien te precede, seguiremos el consejo del poeta: “no sabiendo los oficios, los haremos con respeto”.

 

… A Vicentina le gustaba leer. Bien niña se enteró dónde escondían los Reyes los libros que pedía y, a hurtadillas, al amor de una vela, los devoraba. Cuando ya se los ponían, los volvía a leer. Leeré tantos como pueda, estudiaré las letras en León y en Oviedo. Daré clase. Y enseñaré: a fray Luis, a Lope, a Lorca, a Quevedo, a Unamuno, a Panero…

 

Al principio en su Mosquito (“la mosquito de la maestra”) por los pueblos, más tarde en el Instituto. 43 años. Una vida. Y tantos alumnos, tantos que seguro que más de uno se acuerda de ella.

 

Por ser la mayor tuvo que acunar a sus hermanos pequeños. No hubo remedio. Todos tenían que trabajar. Obediente hasta que su sangre de niña le pedía correr y jugar, volteaba la cuna, el llorón caía al suelo y ella salía disparada corriendo alrededor de la manzana que hacía la calle Misa, en San Román, y vuelta a por su castigo y a seguir acunando… Luego vendrían sus hijos, y un Ángel que le ayudó a cuidarlos.

 

El agua, desde niña, la subyugó. Era acuario de verdad. La fuente, el lavadero, el reguero, la moldera, el Tuerto, la Forti … siempre el agua. Suponía que era influjo de la judería que hubo en su pueblo… y con el agua se pasó la vida limpiando lo que mancharon los demás, y disfrutándola como lo hizo con el mar (su Arcadia). Leer la prensa en la sombrilla, el baño y un paseo para secarse. Le gustaba tanto que incluso cuando amenazaba lluvia animaba a los demás “¡venga, que ya va a abrir, hoy va a hacer un día buenísimo, el mejor de todos!”

 

“Cuerpo holgado dinero vale” decía a quien, descansado, le reprochaba su constante trabajo (casi activismo). Deprisa, deprisa porque hay que cuidar de un marido; atender una casa con sus hijos y los que vendrán; dar clase; corregir exámenes; comprar; limpiar; cocinar, recoger, hasta tejer… y vuelta a empezar. Trabajó mucho, lo hizo bien y sin descanso. Recordaba a su abuela, Isabel La Lista “Dios me pedirá cuentas de muchas cosas, pero no del tiempo que he perdido”.

 

Su sonrisa, permanente, indeleble, casi mueca porque le enseñaron a apretar los dientes y sonreír que las lágrimas son de débiles… y eso, en esta tierra tan dura, no nos lo podemos permitir. La sonrisa trajo consigo un optimismo que ella lo llamaba Providencia… Una fe que ya quisiera un carbonero, pero que insuflaba ánimos a su esposo (como ella le llamaba) en todas las empresas que emprendieron juntos.

 

Su marido, Dios les dio casi 40 años juntos. Carne de su carne, hueso de sus huesos. Entre admiración mutua, que uno siempre aprecia lo que no tiene. Tan distintos, tan iguales. Ella enérgica y valerosa, nada se le puso por delante. Él, reflexivo y prudente conteniendo el torrente que siempre fue ella.

 

 

Te fuiste muy deprisa, como siempre, y eso que debías de saber de memoria la dedicatoria del Fray Gerundio que papá puso en un libro, regalo de cuando erais novios: “siempre se da bastante priesa el que hace las cosas bien, y el que las hace mal haga cuenta que las hizo muy despacio”. Pues tú las hiciste bien, es cierto que con prisa, pero también sin perder el tiempo ni pamplinas. Y ahora, todos, con lágrimas que no han sido suficientemente derramadas, te añoramos y lamentamos tu ausencia.

 

No sé cuánto te he querido y te quiero. Si el amor, al entender de algún sabio, significa decirle al amado merece la pena que existas, que seas, o que hayas vivido… Te diré que más allá de sentirte en mis entrañas o ser el tuétano de mis huesos… no concibo la vida sin saberte lo mejor de quienes tú alumbraste. Eres la buena tierra que nos engendró. Tierra que ahora descansa y se mezcla con la otra tierra y que se añora como se añora el hogar que nos vio nacer. Ese paraíso al que perteneceremos siempre.

 

Mamá, no te puedes imaginar cuánto te echamos de menos.

 

Fernando

(Vicentina Martínez González fue profesora del Instituto de Astorga durante casi 40 años. Dio clases de Lengua y Literatura a cientos de alumnos, varias generaciones. Falleció sola en el Hospital en León el 4 de abril de 2020, de una neumonía. A su entierro sólo dejaron asistir a 4 hijos. 11 días después nacía su primera biznieta).

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Esta entrada tiene 2 comentario(s).

  1. Me encanta la carta de Fernando a su querida y adorada madre, Doña Vicentina, RIP, era una institución en Astorga, un abrazo a la familia.

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