Num: 1924 | Miércoles 26 de junio de 2019
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Opinión


28 de marzo de 2019

Valentín de Villanueva


Alto, fornido y de voz cavernosa, era el chófer del pequeño camión del almacén de coloniales del que mi padre era copropietario. Valentín había nacido en Villanueva de Valdueza hacia 1915 y su vida tuvo que ser como la de tantos miles de bercianos de su tiempo: valerosa y pobre, digna y elemental.

Él estaba en el mundo con mucha confianza. No era rico, ni sus ilusiones podían ir muy lejos, ni su vida era regalada, pero daba la impresión de que, le trajese lo que le trajese el porvenir,le iba a plantar cara con fuerza y naturalidad. Con la sencilla sabiduría de quien conoce muy bien lo que da de sí el vivir. De quiensabe que el valor principal de la vida es la bondad. Lo mismo en un gran hombre de la fama, la ciencia o el poder, que en un modesto empleado provinciano. La bondad, que se tiene o no se tiene. La que nos emplaza a todos en la sangre y el tiempo, el dolor y la alegría, la familia y la soledad, la suerte y la desdicha.

Yo le tenía mucho respeto; Valentín imponía. Cuando era niño casi no me atrevía a hablar con aquel señor grandote y de palabras potentes, demoledoras. Cuando llegué a la adolescencia, sí hablaba con él en el almacén, pero poco. Y lo observaba mucho: sus gestos de gigante, sus afirmaciones contundentes, su fondo noble, incluso ingenuo. De una inocencia robusta y arraigada.

En el verano de 1972 mi hermano Carlos y yo hicimos un viaje con Valentín. El destino era el lago de Sanabria y lo que iba en la caja del furgón era toda la impedimenta familiar necesaria para pasar un verano de camping bravo en el bosque que bordea el lago por su zona este. Allí viajaban la tienda de campaña, muchas sillas plegables, colchones de espuma, mantas y sacos de dormir, utensilios de cocina, botiquines y garrafas de plástico y tantas otras cosas. En la cabina, junto a Valentín, íbamos muy felices mi hermano y yo. Era un día muy luminoso, lleno de sorpresas. Porque al salir de Astorga nos adentramos por unos territorios que no conocíamos, llanos y muy forestales, que nos parecieron paisajes de Canadá o Escandinavia. Cruzábamos los pueblos con una gran alegría y curiosidad, y decíamos adiós desde la cabina a las pocas personas que se veían por calles y carreteras, que siempre nos devolvían el saludo. Me acuerdo especialmente de Castrocontrigo, villa muy alargada, que nos pareció una ciudad de Idaho o de Nebraska.

Valentín hablaba mucho y mi hermano y yo disfrutábamos con sus expresiones, con su espontaneidad, con su cachazudo sentido común. Pero todo ello sin que el chófer perdiera nunca su adustez, su condición de hombre de una sola pieza. Porque era rústico, cariñoso y original. Como un árbol del Bierzo que supiera conducir. Un árbol y no un hombre. Yo creo que en algún momento del viaje llegamos a verle con toda su piel cubierta de pequeños trozos de madera de roble.

Años después falleció, no era tan mayor; pero sí era muy grande, aún más grande. Nunca supe donde vivía, tal vez recuerdo, muy borrosamente a su mujer. Además, cuando él se fue yo no vivía en el Bierzo. Pero la noticia de su muerte me causó mucha pena. Era mi gigante de la infancia, el hombre de la fuerza descomunal, el que no tenía miedo a nada ni a nadie. El que te protegía de todo mal, bastaba con estar a su lado.

CÉSAR GAVELA

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