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Opinión


3 de abril de 2014

Ucronías e historias virtuales

Hace unos días presenté en la Casa de la Cultura de Ponferrada el libro de El tiempo que no he de vivir (editorial Séneca) de Carlos J. Coca, un joven de 22 años antiguo alumno del Gil y Carrasco, estudiante ahora de Derecho en Oviedo.


Hace unos días presenté en la Casa de la Cultura de Ponferrada el libro de El tiempo que no he de vivir (editorial Séneca) de Carlos J. Coca, un joven de 22 años antiguo alumno del Gil y Carrasco, estudiante ahora de Derecho en Oviedo. La novela, como obra prima, es endeble en la caracterización de los personajes históricos y los procesos históricos, tratados de forma excesivamente esquemática; pero la narración está bien construida, bien escrita y resulta entretenida. Su lectura, como dije en la presentación, me suscitó algunas reflexiones sobre la novela ucrónica y la historia contrafáctica, de las que les hago partícipes.

 

La obra,  aunque trata cuestiones históricas, no es una novela histórica sino de aventuras, que juega con la idea de realidades alternativas. Este género literario, conocido como Ucronía (“sin tiempo” igual que “utopía” sin lugar), sitúa las historias en mundos en los que uno o más eventos han tenido lugar de forma diferente a como los conocemos. Utilizando el recurso de una máquina del tiempo, Carlos nos lleva a diferentes momentos de la historia de España, que considera claves para el devenir posterior, por lo que si esos momentos pudieran ser cambiados, quizá nuestra historia, nuestro presente, fuera mejor.

 

Las máquinas del tiempo han sido un tema recurrente del mundo del cine, del que es un buen ejemplo el conocido film “Regreso al futuro” de Robert Zemeckis, que tanto éxito alcanzó a finales de los ’80; aunque disfruté más con la comedia francesa “Los visitantes no nacieron ayer” de Jean-Marie Poiré, interpretada por un soberbio Jean Reno (aquí no hay máquina sino un brebaje). Si de literatura se trata,  Mark Twain escribió ya en 1889 “Un yanqui en la corte del rey Arturo” en el que, en circunstancias increíbles, un americano del siglo XIX viaja a través del tiempo hasta aterrizar en la misma corte del rey Arturo; y por supuesto la obra de H.G Wells (1895) La Máquina del Tiempo, que además de ser uno de los clásicos de la ciencia ficción, llevados innumerables veces al cine, es también una novela distópica que muestra la desintegración de la sociedad en la que las clases sociales (la trabajadora y la élite hedonista) se distancian tanto que forman dos subespecies humanas distintas enfrentadas entre sí.

 

En la obra de Carlos Coca la máquina del tiempo es una especie de ciclomotor: tres ruedas, un sillín, un manillar con dos pantallas y botones para accionar el día, mes y año, y el lugar al que uno quiere viajar. Un artilugio poco sofisticado y algo chapucero, todo hay que decirlo, pese a que los amigos de Santiago, el protagonista de esta historia, son expertos científicos. Pero, como es lógico, esto no es lo sustancial de la novela, es un simple recurso para viajar al pasado.

 

El objetivo de viajar al pasado es cambiar el curso de la historia, una historia que parece no gustarle al protagonista ni a sus amigos; objetivo sin duda encomiable pero con un resultado paradójico, pues el cambio que se pretende para bien de España (impedir la Guerra Civil y, por tanto, el Franquismo) resulta en realidad peor: la situación en la que se encuentra el país cuando Santiago regresa de su primer viaje resulta ser un desastre: no hay democracia sino una monarquía totalitaria. Esto obligará a sus amigos, que no ven lo arriesgado de tales misiones para el protagonista, a enviarlo a nuevas aventuras para enmendar los errores cometidos y lograr una España mejor. Más allá de la verosimilitud de esos viajes y de si los acontecimientos históricos que se pretenden cambiar son los más adecuados o no para el objetivo perseguido, lo realmente interesante es el hecho mismo de esa posibilidad de cambiar la historia.

 

El libro, aunque una obra de ficción que no pretende hacer una descripción detallada de las épocas en las que sitúa las aventuras de Santiago, se relaciona en ese sentido con una disciplina de la Historia que se conoce como historia contrafáctica (historia virtual, la llaman otros); es decir, una corriente historiográfica que se plantea qué hubiera sucedido en la historia si…, con la diferencia de que los trabajos de historia contrafáctica hacen un análisis profundo del momento que se estudia, que no es necesario en una novela de aventuras como El tiempo que no he de vivir… Es este aspecto de la novela de Carlos el que personalmente me ha interesado más. La idea no es novedosa, pues el historiador inglés G. M. Trevelyan lo hizo en 1907 con un artículo titulado: “Si Napoleón hubiera ganado la batalla de Waterloo”. En dicho artículo planteaba el tema del azar en la historia.

 

Este tipo de historia contrafáctica, que tuvo un cierto auge en EE.UU. en los años sesenta del siglo XX, por el interés de Robert Fogel en preguntarse cuál hubiera sido el curso de la industrialización americana sin los ferrocarriles, no tuvo mucho éxito en el pensamiento historiográfico europeo dominando por el materialismo histórico. E. H. Carr la tachó de un “juego de salón”  y E. P. Thompson de “patraña histórica”. Y es que la historia, según esta corriente marxista, no conoce el si condicional. El materialismo histórico, como todos los historicismos, defiende, aunque suavizándolo, el determinismo histórico: lo que sucede responde a una lógica que está más allá del papel de los individuos, porque como diría Hegel: todo lo real es racional y todo lo racional es real.

 

El papel de los individuos en la Historia es otra cuestión interesante que se deduce del libro de Carlos Coca. ¿Cuál es este papel? También se trata de un viejo problema que ya trató Carlyle en su libro Los héroes, desde una actitud positiva, ya que valora el papel que juegan en el devenir histórico los grandes hombres, los héroes, lo que lo liga, en el plano de la ficción, al pensamiento Romántico y a un tipo de novela histórica que centró en las hazañas de los héroes, caballeros, etc. el eje del discurrir histórico de, por ejemplo, la Edad Media (las novelas de Walter Scott, Gil y Carrasco son conocidos ejemplos).

 

Por el contrario Plejanov, marxista ruso, que tituló uno de sus libros justamente con ese título: El papel del individuo en la historia, sin negar el papel de los grandes hombres, señala que éstos lo son en cuanto encarnan las aspiraciones de la sociedad, son como la punta de lanza del progreso social. Por eso si no es éste lo será ese otro, porque los procesos responden a fuerzas profundas, más allá de las personas, aunque éstas han de dirigirlos. Por ejemplo en Haciendo Historia, otra novela de historia alternativa como la de Carlos, su autor, Stephen Fry, envía a sus protagonistas al pasado para evitar el nacimiento de Hitler, con la intención de evitar el surgimiento del Partido Nazi y la creación del Tercer Reich. El plan tiene éxito y Hitler no llega a nacer; por desgracia, esto hace que surja un líder nazi más competente que derrota a los Aliados en la Segunda Guerra Mundial.  En resumen es lo que otro marxista francés, Luis Althuser, teoriza sobre la historia: que es un proceso sin sujeto ni fines.   

 

Sin embargo, la historia contrafáctica (por ejemplo el libro Historia virtual de España (1870-2004). ¿Qué hubiera pasado si?, dirigido por Nigel Townson, en el que han participado José Álvarez Junco, Santos Juliá, Charles Powel y otros), nos obliga a pensar que la historia no es tan inexorable como nos la presentan ciertas corrientes historiográficas, no es un proceso determinista, sino que hubo otras opciones, y que en los procesos históricos intervienen personas, cuyas actitudes y aptitudes pueden influir considerablemente en los mismos. Los procesos históricos no son el producto de fuerzas ciegas, sino que hay personas, normalmente políticos o dirigentes, responsables de ellos.

 

Por ejemplo, la Guerra Civil española que Santiago y sus amigos, los protagonistas de la novela de Carlos Coca, pretenden evitar abortando el atentado al diputado socialista Jiménez de Asúa, en marzo de 1936, que tuvo como consecuencia la ilegalización de Falange y el encarcelamiento de José Antonio Primo de Rivera, lo demuestra. Más allá de si fue ese hecho el detonante de la guerra, que yo creo que no, es el planteamiento de que un único evento y en particular un único individuo fue la causa última de la guerra lo que permite apreciar la responsabilidad de algunos dirigentes políticos. Las razones estructurales que tradicionalmente se han dado como causa de la misma (el problema agrario, las relaciones Iglesia-Estado, la organización territorial del Estado o el protagonismo del Ejército) son menos relevantes, en mi opinión, que el papel de algunos líderes que azuzaron el conflicto por razones partidistas.

 

De hecho, en otros países hubo problemas parecidos, pero tales problemas no condujeron a ninguna guerra civil. En este sentido, es lógico que Carlos, buscando una solución a los problemas de España, se haya fijado sobre todo en personajes históricos concretos, cuyo papel en el desarrollo de algunos hechos de la historia de España fueron clave para entender lo que pasó después: Pedro Cevallos en la firma del tratado de Madrid, que unió el destino de una  España decadente al proyecto napoleónico que acabaría en la Guerra de la Independencia; o el testamento de Felipe IV que en lugar de dejar como heredero a su bastardo Juan José de Austria, persona más capacitada, nombró a su hijo Carlos II, cuya imbecilidad congénita nos llevaría, al morir sin sucesión, a una guerra  de graves consecuencias.

 

No pretendo desvelar esos viajes al pasado y mucho menos destripar el final, un tanto sorprendente ¡Lean el libro! Pero más allá de la ingenuidad que a algunos les pueda parecer el último viaje a los primeros años de la era cristiana, estoy con Carlos, y me alegra como profesor de Historia que he sido de él, que vea que solo la verdad nos hace libres, y que esa verdad no es otra que la que anida en el corazón del hombre pues allí habita la divinidad. Un mundo descreído y sin valores morales, es un mundo sin esperanza y cuando ésta falta todos los desastres son posibles.

 

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