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Opinión


11 de abril de 2019

Recordando a Evaristo Fernández Blanco


En el año 2002, cuando se cumplió el centenario del nacimiento de Evaristo Fernández Blanco, intervine en alguno de los actos que Astorga, su ciudad natal, llevó a cabo para avivar la memoria del gran compositor. Recuerdo haber participado en un acto que en su homenaje se desarrolló en la Biblioteca Municipal, acto que presidió Juan José Alonso Perandones, alcalde entonces de la ciudad (y aspirante a volver a serlo, según leo) y en el que también se refirieron a la carrera del maestro Fernández Blanco el musicólogo José Roberto Prieto y José Antonio Carro, autor éste del libro que, con el llamativo título de “De Schönberg a Celia Gámez”, recogía una conversación con don Evaristo y un catálogo de sus obras. A continuación nos desplazamos a la calle Lorenzo Segura donde, en presencia de Francisco Fernández, el hijo del músico homenajeado, y acompañados por los sones de la Banda Municipal, se procedió a descubrir una placa que recuerda a los viandantes cuál fue la casa natal de Evaristo Fernández Blanco.

Estos días se evocará de nuevo la azarosa carrera de tan notable músico, uno de tantos talentos españoles que, por su condición de republicanos, vieron apagarse su estrella tras la guerra civil. Sus brillantes comienzos en Madrid le empujaron hacia Alemania, donde no encontró a Arnold Schönberg -ausente de Berlín por entonces-, pero sí al excelente compositor y maestro Franz Schreker, quien le dio orientadores consejos. Por cierto, Schreker correría una suerte similar: por ser de origen judío, su música entró en la clasificación de “música degenerada” y el régimen nazi anuló por completo su difusión durante años. Evaristo Fernández Blanco no se exilió, como hicieron otros colegas, sino que -como fue también el caso de Remacha- se quitó de en medio y, apartado de la vida concertística y creativa, vivió como compositor en una especie de triste “exilio interior”. Entre las actividades que llevó a cabo para ganarse el pan en distintas etapas, estuvo la de tocar en las orquestinas de los espectáculos de Los Vieneses (Arthur Kaps y Franz Johan) o de Celia Gámez: así se entiende el título antes referido del libro de Carro…

Tuve primera noticia del compositor astorgano en los años setenta, a través de mi amigo y maestro Enrique Franco, buen conocedor de todo lo referente al Grupo de Madrid de la Generación de la República, grupo de compositores con el que Fernández Blanco tuvo mucha vinculación. Pero hasta los ochenta no tuve oportunidad de escuchar alguna música suya, gracias al encargo que Radio Nacional (por iniciativa de Enrique Franco) le hizo de una “Suite de danzas antiguas” en 1982 y al estreno, al año siguiente, de la formidable “Obertura dramática” que, por su contenido sonoro y expresivo, llevaba muchos años durmiendo el sueño de los justos y vio la luz tardíamente, en concierto dirigido por Odón Alonso a la Orquesta Sinfónica de RTVE. Y dos años después, en 1985, pude conocerle personalmente.

El motivo fue el encargo que me hizo el Festival de Otoño de la Comunidad de Madrid de organizar una Semana de Música Española. En la Sala Juan de Villanueva del Museo del Prado habíamos programado su “Divertimento” para pequeño grupo instrumental, obra de 1925. Me costó Dios y ayuda convencerle de que viniera al concierto. Lo hizo a regañadientes y, por supuesto, con la condición de ser llevado en taxi y de que se le devolviera a casa, en el mismo medio, inmediatamente después de que sonara su obra. Al llegar al Museo del Prado, un tanto huraño, me espetó: ”Lo dicho ¿eh? Oigo mi música y me llevan a casa”. Estuve sentado a su lado y, así, pude comprobar cómo se emocionaba escuchando la excelente interpretación del “Divertimento” que hicieron José Luis Temes y su Grupo Círculo. Al acabar la obra, sonó una larga y cálida ovación, con buena parte del público vuelto hacia él: le ayudé a levantarse y saludó repetidamente. Parecía estar flotando, pues daba por hecho que su presencia iba a pasar inadvertida, o poco menos. En fin, cumpliendo nuestro pacto, mientras se retiraban los músicos del escenario y antes de que saliera la plantilla que iba a interpretar la siguiente pieza, le dije: “Maestro, cuando quiera nos vamos”. Y, con el mismo malhumor mostrado a la llegada, respondió: “Pero hombre, ¿cómo me voy a ir ahora, con el calor de estos aplausos? Sería una grosería”. Y escuchó el resto del concierto… o más bien estuvo allí, rememorando quién sabe cuántas y cuáles cosas mientras sonaban músicas ajenas.

José Luis García del Busto
Musicólogo y miembro numerario de la
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando

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