Num: 1891 | Viernes 24 de mayo de 2019
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Opinión


Mi padre llegó a Ponferrada en 1931. Era un niño de ocho años que había nacido en El Bao, una aldea asturiana rodeada de prados y fuentes, lobos y osos de las laderas del monte de Muniellos. Su padre, mi abuelo Segundo, era un hombre laborioso y recto que había recorrido toda la España forestal como comprador y vendedor de maderas hasta que un día, ya con sus 53 años cumplidos, decidió emprender la aventura del Bierzo.

Cuando Ponferrada tenía siete mil habitantes, mi abuelo arrendó un café en la actual plaza de Fernando Miranda, y allí, en aquel entorno pasó sus últimos años, que fueron apenas cinco hasta su muerte, sucedida el 31 de diciembre de 1936; el mismo día que Miguel de Unamuno, como solía recordar mi padre, quien a partir de entonces inició una costumbre que ningún año rompió: ir a misa en esa fecha y honrar así la memoria de su padre, aunque yo creo que se acordaba de él todos los días, e incluso que adornaba su recuerdo con sucesos nuevos que él iba incorporando, y que terminaron por ser verdaderos: todo un magma de hechos y sueños que yo conocí muy bien, de tanto que me los contaba. Y es por eso que ahora mi abuelo Segundo, que murió mucho antes de que yo naciera, también es mi amigo, y sé de sus manías y consejos, y de su ilusión por establecerse en Valencia, la ciudad donde sesenta y cinco años después moriría su hijo benjamín, mi padre, cuyo corazón se paró definitivamente en el hospital de La Fe, mientras yo le contaba cosas pequeñas, noticias de lluvias y deportes, de viajes y libros, que así fue como nos despedimos, a las veinte horas del día ocho de enero de 2002.

Mi padre nunca tuvo ambiciones, ni tampoco conoció la vanidad ni la envidia. Su profesión fue la de viajante. Tenía un almacén de coloniales con dos de sus hermanos, y el negocio consistía en vender alimentos no perecederos a los pequeños comerciantes de las aldeas y los pueblos de una brumosa demarcación que abarcaba las tierras de Trives, Valdeorras, el Bierzo, Laciana, Cepeda y la zona alta de los valles asturianos del Navia y el Narcea. En ese territorio mi padre se ganó la vida visitando a tenderos que pronto fueron sus amigos y confidentes. Luego, al final de cada jornada, se recogía en cafés y tabernas donde escuchaba pareceres y noticias, y a ratos sucesos fabulosos del monte y los caminos.

Mi padre hizo noche en muchas ciudades menores, villas y pueblos, y mientras llevaba aquella existencia libre y vagabunda que tanto le gustaba, sus cinco hijos y mi madre hacíamos vida de ciudad en el barrio de La Puebla de Ponferrada, entre colegios y bromas, y en esa dualidad pasaba el tiempo hasta que dos días a la semana aparecía mi padre, siempre al atardecer, con boina en los primeros inviernos de mi memoria, con su voz grave, con su maletín de cuero forrado con una funda gris, y con una libreta donde anotaba los pedidos comerciales: vinos de Jerez, bacaladas, jaulas de queso, fardos de alubias, latas de conserva o barriles de aceitunas.

Por aquel tiempo vivíamos todos en una casa grande y arrendada, y con nosotros también un hermano de mi padre, José, quien, como tantos hombres de mi familia, permaneció soltero de por vida, ajeno a obligaciones y alharacas, dedicado al inofensivo estupor de contemplar la vida, y al sabio placer de tratar de pasar desapercibido.

Si ahora cierro los ojos tardo exactamente un segundo en ver aquella vivienda en ebullición: mi madre, que era muy bohemia, pintando paisajes al óleo en el comedor; mis hermanos pequeños, David y Emma, pegándose por riguroso turno sin hacerse nunca mucho daño; mi hermana Belén soñando con novios maravillosos que venían de Orense o de Zamora; mi hermano Carlos organizando combates navales en la bañera con gran lujo de soldaditos; mi tío José pasando por el “hall” como una sombra y mi padre, entre viaje y viaje, leyendo libros de historia de Roma o de la segunda guerra mundial en la salita, lector empedernido, y acaso yo a su lado, en el otro sillón, mirando mapas probablemente, un vicio pacífico del que nunca me quité.

Luego vinieron muchos otros años, y mi padre tuvo que superar pruebas muy duras, que no estaban escritas en el guión de aquella familia de clase media baja que veraneaba en tienda de campaña por las playas de Galicia o en las riberas del lago de Sanabria. Mi padre sufrió una trombosis muy severa en 1980 y a partir de entonces su vida cambió; se volvió sedentaria y del todo ajena a sus viajes mercantiles. Él se volcó en la lectura, en hablar con los amigos o en intensificar su presencia en asociaciones cristianas y caritativas. Yo ya vivía fuera, y mi padre pasó a ser en aquel tiempo un señor maduro de Ponferrada al que yo veía en las vacaciones; un hombre de bien y del sosiego que a veces me mandaba alguna carta y con el que hablaba poco por teléfono, protagonismo que mi madre ejercía de un modo inapelable. Mi padre, entonces, estaba un poco oscurecido, y fue la muerte de mi madre, curiosamente, la que nos lo devolvió, a mí y a mis hermanos, nuevo y diferente.

Sobre los escombros de aquella tragedia, mi padre fecundó la trayectoria yo creo que más importante y profunda de toda su vida: sus ocho años de ancianidad joven y animosa al principio, algo más mesurada y solitaria después, y alicaída de cuerpo pero siempre vital de ilusiones en su tramo final. Mi padre vivía entre el riguroso Norte y el placentero Mediterráneo: pasaba los veranos en el Bierzo y los inviernos en Valencia. Seguidor veteranísimo de la Deportiva, dobló su afición al fútbol, siempre moderada, con su abono en el campo de Mestalla, donde disfrutó lo suyo, lo mismo que en la plaza de toros de la calle Xátiva. Y fue precisamente en Valencia donde yo le conocí más y mejor, aunque nos veíamos menos veces de las que él y yo hubiéramos querido. En Valencia, en su sencilla casa del barrio de Torrefiel, me dijo muchas cosas de su familia y de sus amigos, de sus viajes y creencias; y me dio muchos consejos que siempre eran de dignidad y de respeto; de honradez y transparencia, y por eso es mi mayor orgullo ser hijo de aquel hombre independiente y libre, bueno y modesto, que se llamó Julio Rodríguez Gavela.

 

CÉSAR GAVELA

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