Num: 1945 | Miércoles 17 de julio de 2019
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Opinión


La ciudad era humilde, abundaban los obreros, los pequeños empleados, los comerciantes venidos de pueblos y montañas. Había sí, una clase alta y distante, por lo general refugiada en algunos caserones de la zona antigua, pero sus miembros eran pocos. Más numerosa, y seguramente que con más dinero, lucía en el barrio nuevo de La Puebla, una clase activa y moderna, de ingenieros, médicos, abogados, profesores, economistas; también de algunos propietarios que vivían de rentas urbanas sobre todo. Pero el tono general era de ciudad un tanto tosca, aunque cordial. A medio camino entre una villa grande y una urbe pequeña. Cuarenta mil habitantes.

Aquel paisaje humano, tan comarcal, cambiaba cuando los vecinos entraban en algunos locales comerciales, por lo general situados en la avenida de la Puebla, la de mayor prosapia mercantil de la urbe antaño. Y que hoy es un reino de locales vacíos, de letreros que buscan inquilinos, de decadencia grande que parece no tener fácil remedio.

En aquella ciudad, que ya no era la del Dólar (si alguna vez existió) vivían unos dueños de negocios y dependientes de comercio que parecían venidos de los mejores barrios de Madrid. Personas muy educadas, con un alto manejo de los dones de la comunicación mercantil. Podría hablar de varios hombres así, hombres vestidos con trajes de paño fino, muy duchos en sus tareas. Eran formidables, no sé si la ciudad ha contado después con profesionales textiles tan acendrados. Y eso que Ponferrada aún tenía buena parte de su zona céntrica con suelo de pavés, y no digamos en qué condiciones estaban las barriadas de las afueras, casi todas sin asfaltar y sin apenas servicios municipales.

En la avenida de la Puebla trabajaban las dos personas que evoco. Uno era sastre. Suntuoso, bien parecido y perfumado, actuaba con cierta displicencia. Como dándote a entender que él tendría que estar en una sastrería de lujo en el barrio de Salamanca de Madrid o, como poco, en la calle Real de La Coruña o en la calle Uría de Oviedo, pero no en aquella pequeña ciudad apartada, que era invadida cada mañana por un gentío rural que venía en trenes de carbón y en autocares ruidosos a hacer sus compras y a visitar al médico.

Aquel sastre, que tenía su negocio ya cerca de la plaza de Lazúrtegui, me imponía mucho respeto. La única que vez que estuve a punto de ser cliente suyo me dio un recital de autosuficiencias de gran ciudad. O eso me pareció. Al final, y pese a que me había tomado medidas con ademanes de arzobispo, no cuajó la operación. Mi madre consideró que el precio del traje que quería encargarle era excesivo, y yo le alabé la decisión: no quería vestir de aquel modo, y menos aún me gustaba su justificación: que yo entrara a trabajar en un banco oportunamente ataviado. Tuve suerte y no hubo traje, y me fui a estudiar Derecho.

El otro gran señor mercantil de la avenida era diferente. Era cercano, era gordo, era calvo, tenía una voz grave, usaba trajes oscuros, y todo en él era abolengo, cordialidad y experiencia. Fue, sin duda, el empleado más admirado por mí de cuantos actuaban en los negocios textiles. Era amigo de mi padre, y trabajaba en Almacenes Bodelón, que entonces era como prestar servicios en el Harrods londinense. A escala berciana. Este hombre, educado, elegante y a la vez cálido, me dio mucho que pensar, pese a que yo por aquel tiempo era un muchachito. Me llevó a consideraciones sociológicas y de psicología. A admirar a una persona que tiene un trabajo en el fondo modesto, seguro que no muy bien pagado, pero que lo ejercía con un gran estilo, sin olvidar la sencillez. Con un dominio fruto de muchos años de tratar a las personas, de observar el mundo, de observarse a sí mismo. Algo así.

No sé qué habrá sido de ambos comerciantes. No sé si el de Bodelón se llamaba Pedro, tal vez. Sé que han pasado ya muchos años desde que reinaron en Ponferrada en el mundo de su comercio, digna tarea imprescindible. Sé que me dejaron un poso de respeto y de melancolía. Pero no de olvido.

CÉSAR GAVELA

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