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Opinión


12 de marzo de 2020

Lombia


Parece ser que la Tebaida Berciana fue un mundo más complejo de lo que sabemos. Los nombres de San Fructuoso o San Valerio son venerables y ortodoxos, forman parte de la historia altomedieval del cristianismo y de España, pero no solo ellos estuvieron en los apartados y santos vericuetos que se extienden al sur de los montes Aquilianos. Hubo otras personas, más modestas, que a su modo trataron de seguir el camino de la fe. Entre esos bercianos olvidados, secundarios, acaso poco ambiciosos, siempre habrá que destacar a Lombia, que era una mujer fuerte, valerosa y ermitaña.

 

Ella eligió una zona algo apartada del eje monástico de la Tebaida. En lugar de acudir a San Pedro de Montes o a Peñalba, o incluso al más alejado y fundacional Compludo, Lombia escogió San Adrián de Valdueza. Allí esta mujer, de la que se sabe que llegó al Bierzo desde la Cabrera Alta a mediados del siglo X, encontró una cueva, que habilitó lo mejor que pudo, y donde pasaría muchos años de fe y pensamiento, de frugalidad y abnegación. Eso relata Benucio, el monje ayudante de San Genadio, autor de unas interesantes cartas dirigidas a Frolundo, el abad del monasterio del Courel.

 

Lombia era una profunda admiradora de Egeria, su antigua colega de religión y vida, y también quiso imitarla realizando un largo viaje a Tierra Santa. Un buen día del año 923 salió de San Adrián de Valdueza a lomos de un mulo que le había regalado un lugareño piadoso, un tal Aelio, y después de varios meses de recorrido por una España bravía y poco poblada, aunque ya ocupada en buena parte por los musulmanes, alcanzó la ciudad de Tarragona. Su plan era embarcarse allí para ir a Roma. Así pues, Lombia no pretendía llegar a Palestina, como Egeria, sino conocer lo que quedaba entonces de Roma, que era mucho y a la vez poco: porque la ciudad, que había sido la capital del mundo durante varios siglos, y que llegó a tener dos millones de habitantes, era en el siglo X una población casi abandonada, cubierta de ruinas y melancolía.

 

No llegaría, sin embargo, a Roma. Ni siquiera saldría de Tarragona, aunque parece que estuvo a punto de embarcar en una nave con destino al puerto itálico de Ostia. El motivo de ese cambio de planes fue sencillo: Tarragona le fascinó con sus restos imperiales. Con sus murallas, el circo, el teatro, el templo y el espléndido anfiteatro situado junto al mar, en cuyo interior existía una basílica, a cuyos oficios Lombia acudía cada mañana. Datos estos que también nos revela Benucio, en sus cartas al abad Frolundo del Courel.

 

Al año de estar en Tarragona, donde vivió en comunidad con unas religiosas de origen occitano, Lombia inició el retorno al Bierzo. Cuando llegó de nuevo a su humildísima cueva de San Adrián de Valdueza, en lugar de sentir la alegría del regreso, que tanto había acariciado, padeció inesperadas dudas y confusiones de diversa índole. Como si se hubiera roto su modo beatífico y loable de estar en el mundo. Por ello, no tardaría en abandonar aquel mínimo santuario para radicarse en Santo Tomás de las Ollas, donde encontró el sosiego y el pan de cada día. Iniciando al poco una larga correspondencia con Benucio, con quien acabaría casándose años después, por el rito toledano, en la iglesia de Otero de Vizbayo.

 

CÉSAR GAVELA

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