Num: 1581 | Miércoles 18 de julio de 2018
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Las agitadas navidades napoleónicas de Willian Surtess en Astorga y Celada de la Vega en diciembre de 1808


 

Ya hemos relatado en alguna ocasión como los meses de diciembre de 1808 y enero de 1809 vieron las más agitadas y duras navidades por las que atravesó la ciudad de Astorga y los pueblos de sus comarcas en sus largos años de historia.

En aquel mes de diciembre del octavo año del siglo XIX, España llevaba seis meses en guerra contra el Imperio Francés de Bonaparte. Luego del comienzo de la guerra tras los sucesos del Dos de Mayo en Madrid, y tras una serie de afortunadas y fugaces victoria españolas en el verano de 1808 (Bailén, Valencia, 1º Sitio de Zaragoza, el Bruch…), Napoleón decidió venir personalmente a España, con lo mejor de su Grand Armée, para devolver el trono de España a su hermano mayor José. En apenas mes y medio Bonaparte batió a los pequeños ejércitos españoles que intentaban defender la línea del Ebro, logrando tomar Madrid el 4 de diciembre, tras dos días de combates y bombardeos sobre la villa, que fue así la única capital de Europa que resistió, con las armas en la mano, la ocupación francesa (Napoleón tomaría en aquellos años Berlín, Viena, Roma y Moscú sin necesidad de un disparo).

En la Villa y Corte el emperador francés supo que un ejército británico, al mando de los generales John Moore y David Baird, había desembarcado en Lisboa y La Coruña y se estaba concentrando entre Astorga y Benavente para acudir en ayuda de los ejércitos españoles.

Rápidamente Bonaparte abandonó Madrid franqueado el nevado puerto del León en la Sierra del Guadarrama con lo mejor de sus tropas en pos de los británicos.

Ante la inferioridad de fuerzas el general escocés John Moore (pues solo tenía en su apoyo a los restos derrotados del ejército español de la izquierda del marqués de La Romana, acantonados en León y el Orbigo) decidió retirarse sin combatir hacia La Coruña en busca de su flota para abandonar España considerando la guerra perdida.

La retirada invernal se convertiría en un episodio épico y trágico a la vez. En medio de las nevadas, el frío y la escasez de víveres, unos dos mil soldados británicos (con muchas de sus mujeres y niños que les acompañaban) y otros tantos españoles en retirada por los nevados puertos de Foncebadón, Manzanal y Piedrafita, cayeron prisioneros o murieron de agotamiento, frío y hambre.

Los ejércitos británico, español y francés cruzaron la ciudad de Astorga y sus comarcas como una plaga de langosta bíblica. Destrucciones, saqueos, incendios, epidemias de tifus y disentería, muertos y heridos caídos por las carreteras y calles parecían anunciar el juicio final a nuestros antepasados.

Un valioso y poco conocido relato de lo que aconteció aquellos días en Astorga nos viene de la mano de las memorias de un soldado británico, William Surtees, que servía en el famoso regimiento de infantería ligera del 95th de Rifles (la unidad a la que pertenece el célebre personaje de las novelas de Bernard Cornwell -y serie de televisión- Las aventuras del fusilero Richard Sharpe,), cuyos soldados, a diferencia del resto de la infantería británica, no usaba las famosas casacas rojas, sino green jackets para enmascararse entre la vegetación y como signo distintivo de élite además de portar no los pesados mosquetes de la infantería de línea, sino rifles de anima rayada con mayor precisión de tiro.

William Surtees nació el 4 de agosto de 1781 en la aldea de Corbridge, condado de Northumberland. A pesar de ser su familia de cierto acomodo (su padre era comerciante), Surtees sintió de joven la vocación militar, alistándose en la Milicia de Northumberland en 1798, y presentándose luego voluntario para servir en el ejército regular, primero en el 56º regimiento de línea y luego, en el 2º batallón del ya mencionado 95º de Rifles, en el cual llegaría al rango de sargento en 1807. En palabras del autor de este relato “Siempre me gustó la vida militar por lo que no sufrí con la mayoría de esos aspectos que resultan tan desagradables para todos aquellos hombres contrarios a este tipo de vida”.

Comenzada la guerra en España contra napoleón y tras hacerse aliadas España y Gran Bretaña, William Surtees se embarcó para España con las tropas del general David Baird el 10 de septiembre de 1808, desembarcando en La Coruña y llegando a Astorga en el mes de noviembre. Tras sobrevivir a la penosa retirada de John Moore, nuestro memorialista regresaría a España en 1810 como jefe de suministros en el ejército de Arthur Wellesley, futuro duque de Wellington y Ciudad Rodrigo.

Al final de la guerra de la independencia española William Surtees cayó presa del abuso del alcohol, con riesgo incluso de su vida, lo que le hizo recapacitar en su conducta y le produjo un gran cambio vital y espiritual hasta el extremo de, sin dejar de ser soldado, se convirtió en un devoto cristiano evangélico.

Afectado de una grave dolencia pulmonar en 1826 Surtees abandonó el ejército retirándose a su aldea natal de Corbridge. En ella redactó sus memorias de soldado “Twenty-five years in the Rifle Brigade” que dejarían su nombre para la posteridad, aunque no lograría ver publicado su libro pues fallecería el 28 de mayo de 1830.

 

Luego de estas breves líneas biográficas, tomamos el relato del sargento William Surtees en su recorrido, en octubre y noviembre de 1808, desde La Coruña hasta Astorga. Su general David Baird había fijado la ciudad de Astorga como lugar de reunión de todo el cuerpo expedicionario británico a la espera que se les uniera el comandante en jefe John Moore con el resto del ejército desde Portugal.

Este libro de memorias nunca se ha publicado en España y agradezco la ayuda en la traducción a mi hermano Francisco Javier. Así nos lo relata Surtees:

 

“Avanzamos en etapas cómodas y fáciles, por la ruta de Lugo, Villafranca, Cacabelos y Astorga; a este último lugar llegamos el 19 de noviembre; durante la marcha habíamos experimentado dificultades considerables para obtener tanto suministros y provisiones como las caballerías y carros necesarios para el transporte de todos nuestros bagajes. Astorga es una ciudad de considerable tamaño, con unos 5.000 habitantes. Astorga y Lugo están rodeadas por antiguas murallas moriscas, que pueden haberlas hecho ser consideradas como plazas fuertes en otros tiempos, pero que, de acuerdo con el concepto actual de la guerra, no ofrecerían sino una mínima resistencia ante un ejército sitiador. Astorga cuenta con numerosos conventos en su casco viejo y en los arrabales, y, por supuesto, un número proporcional de monjes holgazanes y otros similares.

 

A William Surtees le quedó grabada en la memoria ese recuerdo que, las personas de una edad, atesoramos de cómo eran las casas tradicionales en épocas de nuestros bisabuelos y abuelos; como aún las pudimos contemplar de niños en Astorga y en nuestros pueblos de su contorna:

 

“Aquí, como en muchas ciudades de España, tienen un peculiar modo de salvaguardar sus casas de visitantes no deseados; las puertas están construidas con maderas robustas, y se mantienen cerradas constantemente, no pudiéndose entrar hasta que los habitantes primero te hayan reconocido a través de un vano sobre la mitad de la puerta, hecho para este propósito; y no es hasta que están seguros de quien eres o lo que quieres, que abrirán la puerta, lo que hacen generalmente con una cuerda que se comunica con el pestillo desde el ventanuco desde el que te observan.

En Astorga fuimos suministrados en abundancia con provisiones y descansamos durante unos días, habiendo sido destinado mi batallón, el 2º del 95º, más allá de Astorga, hasta un pueblo llamado Celada, a una legua de la ciudad…”

 

También William Surtees recuerda en sus memorias como los soldados británicos cogieron, rápidamente, aprecio, al recio vino español:

 

“…muchos fueron los planes urdidos por algunos de nuestros mejores bebedores, para conseguir suficiente cantidad de vino. En ocasiones hubo hombres que tomaron prestada la casaca de otros; así, un soldado del 43º tomaría prestada la casaca verde de un fusilero y viceversa, para ir y robar, o de algún otro modo ilegal ,conseguir, una o dos cantimploras llenas. Y cuando el propietario se diera cuenta de la persona que le había robado, por supuesto que no lo encontraría”

 

La convivencia con los paisanos españoles a veces fue problemática. Tras siglos de guerras y enemistades, españoles y británicos seguían manteniendo muchas diferencias en costumbres, religión e intereses para que la rápida alianza entre los dos países pudiera dar lugar a una amistad sincera, más allá, del rechazo al común enemigo que era Bonaparte:

 

“…durante el tiempo que permanecimos en Celada, recibimos órdenes casi todas las mañanas para recoger el equipo y marchar a una corta distancia fuera del pueblo. Esto se hacía, sin duda para tenernos acostumbrados a un rápido movimiento en caso de ser necesario, ya que hasta entonces nuestro equipaje se había transportado en carros de bueyes, pero ahora teníamos mulas, y era necesario familiarizar a las caballerías y a los hombres a hacer estos preparativos con diligencia. Pero en estas ocasiones los habitantes imaginaban que nos íbamos a ir en realidad, y en el momento que desaparecíamos, como ellos creían, se ponían a trabajar en sus quehaceres y hacían sonar la campana de la iglesia con gran estruendo. Todo ello para testimoniar tanto su “pesar” al perder nuestra compañía como para evidenciar su gratitud al cielo por haberse librado de semejante banda de herejes, que habían mancillado sus más sagrados y puros lugares; era hilarante ver las caras largas que ponían cuando, contrariamente a sus expectativas y esperanzas, regresábamos al pueblo a nuestros desvencijados e incómodos alojamientos.

Durante todo el tiempo que permanecimos en este pueblo, como sargento de tropa, apenas pude encontrar mejor alojamiento que un sucio y destartalado cobertizo; imagínese el lector lo mal que lo deben haber pasado los soldados rasos.

Por entonces nuestros hombres comenzaron a pillar pequeños retazos de español, y a menudo ejercitaban su habilidad conversando en lengua nativa y diciendo a los lugareños que realmente iban a “marchamañana” (en español en el texto original ingles), es decir, “que se iban a marchar mañana”; frase que se hizo bastante popular, lo que sorprendía no poco a nuestros anfitriones. Si no recuerdo mal, el sacerdote de este pueblo era un gran bellaco, y no tenía escrúpulos en servirse él mismo de los suministros de  nuestros oficiales, cuando se le presentaba la mínima oportunidad.”

 

Otra treta que aprendieron pronto los soldados británicos a utilizar en España para recibir mejor trato de los españoles era declarar que eran irlandeses, tradicionalmente reconocidos católicos por los españoles, los cuales cambiaban entonces de actitud y dejaban sus reservas al creerse ante un hermano de religión y no un hereje protestante, aunque fuese aliado en la guerra contra Napoleón.

Como hemos apuntado antes, a finales de diciembre de 1808, John Moore, conocedor de que Napoleón marchaba contra él desde Madrid, ordenaría la retirada desde Tierra de Campos hacia Astorga. Según Surtees:

 

“…Ya era pleno invierno; el terreno se cubría de nieve profunda y el tiempo era inusualmente frío. Nuestras expectativas no eran, de modo alguno, halagüeñas. Comenzábamos una retirada frente a una fuerza muy superior, y con la posibilidad de que otros ejércitos franceses nos cerraran el paso e interceptaran nuestra retirada hacia el mar, que estaba casi a unas 250 millas de distancia…El día de Navidad, nuestra brigada, como retaguardia de la infantería, comenzó su incómoda retirada, y marchó hasta muy entrada la noche…”

 

Surtees y su unidad llegaron de nuevo a una Astorga sumida en el caos con la presencia de miles de soldados británicos y españoles que se retiraban ante la llegada del emperador Bonaparte. Desórdenes y saqueos acompañaron a la frenética destrucción de depósitos de víveres, suministros y equipo que no podían retirarse hacia Galicia por falta de carruajes y ganado de transporte:

 

“…el día 31, entramos en Astorga, donde nos detuvimos durante un par de horas, hasta que se completó la destrucción de los almacenes de suministros y no quedó nada sino barriles de ron. Fui testigo en Astorga de una brutal y asquerosa avidez por el alcohol. Se ordenó desfondar los barriles de ron y dejar que el licor corriera por las calles para que no cayera en manos del enemigo. Así, el ron que tanto trabajo nos había costado traer desde La Coruña estaba a punto de perderse para siempre; algo de lo más desalentador para la mayoría de nuestros soldados que lo tenían ante sus ojos y que lo apreciaban con tanta devoción. Pero las tropas estaban decididas a no perderlo del todo y cuando los barriles fueron desfondados y se permitió que su contenido discurriera en regueros hacia las alcantarillas, varios hombres de entre la soldadesca se quitaron sus grasientos morriones para recoger del suelo el ron y el barro juntos, bebiéndoselo, o mejor tragándose aquella asquerosa mixtura. ¡Qué nobles soldados puede producir nuestro país! A pesar de todo he de decir que no era tan común entre nosotros el vicio de la embriaguez, pero a cuántos he visto sacrificar deliberadamente su honor y el de su país, o mejor dicho, su propia vida, ¡sólo por satisfacer su bestial vicio!…

Reemprendimos nuestra marcha desde Astorga el mismo día, y llegamos al pueblo de Foncebadón por la noche, a unas 20 millas de distancia. Aquí fuimos hacinados tan bien como fue posible, en las únicas 5 o 6 casas disponibles del pueblo; pero como teníamos algunas tiendas con nosotros, tratamos de no molestar… se determinó que nuestra unidad y la brigada ligera germana al mando del brigadier general Charles Alten, debían desviarse de la carretera principal, y tomar la ruta de Orense y Vigo…

Al día siguiente, 1 de enero de 1809, marchamos por una carretera de lo más dura a través de las montañas hasta Ponferrada, situada a una legua a la izquierda de la carretera grande que iba a La Coruña, por la que se estaba retirando el grueso del Ejército”

 

Atrás quedaba Astorga sumergida en una doliente navidad de frío, nieve, miseria y muerte. En la madrugada del 1 de enero de 1809 Napoleón Bonaparte haría su entrada en ella al frente de la vanguardia de su Grand Armée. Astorga sería refugio y campo de saqueo para las fuerzas imperiales. Al emperador se le habían escapado las tropas españolas del buen marqués de La Romana y las británicas de sir John Moore. El segundo moriría días después a las puertas de La Coruña en la batalla de Elviña con la que el general escocés logró embarcar y poner a salvo a su ejército, devolviéndolo a Gran Bretaña.

Días antes, las tropas del general Crawford, en las que formaba William Surtes, habían logrado ponerse a salvo también con la flota británica anclada en Vigo.

En la primavera de 1809, las recuperadas tropas españolas del marqués de La Romana conseguirían derrotar y expulsar de Galicia a las tropas francesas y en ese agosto de 1809 las tropas españolas, al mando de un desconocido y rubio coronel catalán, apellidado Santocildes, expulsarían a los franceses de Astorga.

Pero eso ya es, de nuevo, otra historia.

Arsenio García Fuertes

Alcalde de Astorga

Doctor en Historia por la ULE.

 

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Esta entrada tiene 2 comentario(s).

  1. Me ha encantado leer la verdadera historia,muy bien narrada,de mí querida Astorga.Muchas gracias,Arsenio. P.D. Bueno, un poco de la época napoleónica.

  2. Excelente trabajo, Dr. Garcia.
    Que interesante resulta conocer la Historia de manos de los investigadores como Ud. y asi mantener viva nuestra tierra, su cultura y tradiciones.

Los comentarios han sido cerrados.

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