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Opinión


1 de marzo de 2019

La espiritualidad romántica


El 17 de mayo de 1769 Gottfried Herder se despide de sus paisanos con la siguiente frase: “Mi única intención es conocer desde más perspectivas el mundo de mi Dios”. Este filósofo y teólogo alemán fue uno de los pioneros del romanticismo alemán. Con esta frase tan lapidaria el joven intelectual quería ampliar su conocimiento más allá del mundo de los libros. Pretendía conocer el mundo tocándolo, sintiéndolo desde una posición vitalista que con el tiempo definiría perfectamente Ortega y Gasset.

Pero, también afrontaba sus nuevas fronteras de experiencia vital desde una fe en Cristo y espiritualidad que le ayudaría a no dejar escapar nada que fuera objeto de su atención. Lejos de hallar alguna contradicción entre el deseo de aprehender la realidad sin dejar de exprimir hasta el límite su jugo y una fuerte espiritualidad, se fusionaron ambas actitudes permitiéndole un conocimiento más preciso del mundo y de Dios.

El Romanticismo comenzó su existencia bajo el lema: “Tormenta y sentimiento”. Estas dos palabras resumían toda la ideología romántica de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. La exaltación de la naturaleza, de la pasión, el amor, la búsqueda permanente de nuevas sensaciones fueron las notas características de los autores románticos. Filosofía, arte, literatura, teología y cualquier otra rama del conocimiento que se nos pueda ocurrir cayeron bajo la atracción del nuevo movimiento.

Los románticos querían beberse la vida a tragos largos, intensamente, sin pensar en el futuro. Esta inmediatez no estaba reñida con una fe que a medida que fueron pasando los años se fue afirmado sólidamente en muchos de ellos. Al contrario de lo que pudiera parecer el movimiento romántico no alejó a sus protagonistas del cristianismo. Sí que hubo en determinados autores una separación o alejamiento de la fe en sus inicios, pero luego regresaron a la casa del Padre.

Frases como la de Goethe reconociendo que él creía en Dios simplemente porque se lo había dicho su madre y una madre nunca miente a un hijo, resumen toda la idea de fe de uno de los precursores del romanticismo. La fe era una pasión más para los románticos, la vivían con la misma intensidad que cualquiera de sus otras facetas cotidianas. No había términos medios, por lo tanto, profunda devoción. Es significativo en este aspecto la obra pictórica de uno de los máximos representantes de la pintura romántica Caspar David Friedrich.

Su obra está imbuida de un gran sentido religioso. Su cristianismo radical fruto de la influencia de un protestantismo militante del teólogo Ludwig Kosegarten determinaron su visión del mundo y de Dios. Busca permanentemente a Dios en la naturaleza, se erige en uno de los máximos exponentes de la “Veduta”, corriente artística que quiere exaltar a través de la naturaleza lo sublime.

Para Friedrich la naturaleza es obra de Dios y es un camino para acercarse al Creador y el arte es un medio de comunicarse con Dios. Sus paisajes están llenos de Cristos, monasterios, catedrales, o simplemente de alegorías místicas.

El poeta Novalis, uno de los que de forma más intensa supo hacer poesía reclamó en su obra: “La cristiandad o Europa” la necesidad del cristianismo para que la sociedad se pueda considerar justa. Reclama la sociedad medieval como modelo a seguir, donde el cristianismo marcaba el ritmo de la vida cotidiana, donde nada se podía entender fuera de la fe cristiana. El mero hecho de ser el patrón de medida vital de las personas convertía al cristianismo en parte de la naturaleza humana, el hombre estaba unido a Dios más allá de su voluntad.

No obstante, los románticos demandan algo más de Dios que un Dios Padre que nos ama y guía. Quieren que contribuya a su forma de entender la vida como algo bello, sublime, intenso y llena de un sentimiento estético que trascienda lo cotidiano y repetitivo. Dios es lo sublime, no hay nada más relevante que Él y por ello se cuida mucho su estética.

Pero, el concepto de estética que acompaña a la fe de los románticos supone trascender el sentido del arte para introducirse en el campo del misticismo. No puede haber misticismo sin estética propia. El desdén por la vida forma parte de ese misticismo adornado con gestos impávidos ante la llegada de la muerte.

No hay temor a la muerte, incluso algunos la buscan porque se debe morir de una determinada manera, en definitiva, la muerte debe llegar acompañada de belleza, de arte, de sentimiento. Debe afrontarse con laconismo, sin aspavientos, Dios espera y contempla como los románticos salen a su búsqueda desprendiéndose de una vida que agotadas todas las experiencias se revela como vulgar.

Agotada la creatividad, exahusta la imaginación y viendo que llega la madurez, el autor romántico decide no esperar a marchitarse con la vejez y se refugia en su Dios, único que es omnipotente y puede suspender el paso del tiempo. Dios es la luz, es el remedio al vacío existencial.

 

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