Num: 2330 | Miércoles 5 de agosto de 2020
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Opinión


Las noticias de ayer en todos los telediarios, que hoy aparecen en la prensa escrita, fueron por este orden las siguientes: la primera, por su importancia real y mediática, la imputación de los duques de Lugo, en concreto la hermana del rey, doña Cristina de Borbón, por presuntos delitos de fraude a Hacienda y blanqueo de dinero; su marido y compinches por prevaricación y una largo ecétera. A esta sucedió la noticia de la renuncia de la exministra socialista Magdalena Álvarez como vicepresidenta del Banco Europeo de Inversiones por su relación con los ERES fraudulentos que investiga la jueza Mercedes Alaya en Andalucía. No dimite por esto, dice con cinismo, sino porque el PP pretende arrebatarle la silla para poner a uno de los suyos.

 

De esa misma comunidad era la tercera noticia, ahora referida a la UGT y su financiación ilegal por medio del desvío de dinero de los cursos de formación. Bueno la financiación del sindicato y las comidas y diversiones de los sindicalistas. Luego se habló del caso Pokemon y la implicación de un senador del PP de Lugo, al que una empresa privada regaló cinco mil euros por ejercer una oposición mas suave a los interesas de aquella empresa. A continuación la televisión nos ofreció en directo la dimisión del eurodiputado de Izquierda Unida Wily Meyer, por un fondo de pensiones en una sicac algo contrario, dijo compungido, a la ética que defiende su formación (otros, por si acaso, como Elena Valenciano y Rosa Díez, han tomado nota pero no para dimitir). Por último, se hacían eco de una información sobre la financiación de Pablo Iglesias y su formación Podemos con dinero del gobierno de Venezuela. Perdón, también se habló del nepotismo del Tribunal de Cuentas, algo que es moneda corriente en muchas instituciones del país.

 

Hubo algunas otras noticias, especialmente referidas al mundial de fútbol y el papel de la selección española. Pienso que la realidad de nuestro país no es solamente la que reflejan los medios de comunicación, porque la mayoría de los españolitos de a pie nada tenemos que ver con esas noticias y con el mundo que representan; pero es evidente que en España la corrupción en el mundo político, sindical y empresarial lo invade todo. Y no me refiero solo a la corrupción del dinero, sino a la que ningunea a las instituciones o hace caso omiso de las leyes, como vemos con los nacionalistas catalanes y vascos, que se pasan por el arco de triunfo al parlamento, el tribunal constitucional o la Audiencia. Hay corrupción en Europa pero no con este nivel ni afectando de una manera tan directa a todo el entramado político e institucional. Lo más parecido a España son los países bananeros, aunque probablemente con menos calado, porque allí hay menos riqueza que repartir e instituciones políticas tapadera de familias todopoderosas.

 

Ya sabemos las razones morales de esa corrupción pero, por ese lado, hay muy poco que hacer. La moralidad se la identifica con la religión, o peor aún, con cosa de curas, algo que en nuestro tiempo es anatema. Si como decía Napoleón, hablando del papel de la ideología y el orden público, más vale un cura que cien soldados, ahora van a ser necesarios más soldados y policías para lograr un orden más seguro, aunque siempre nos quedará la duda, muy razonable a tenor de las noticias sobre corrupción en los cuerpos policiales, de quien vigilará a los vigilantes. Hablar de moralidad provoca una profunda melancolía, que es lo que menos necesitamos en estos momentos. Sin embargo, aunque no entre en ese debate, nada es posible sin el rearme moral de toda la sociedad.

 

Quizá sea eso, la desmoralización social, lo que impide primero ver que estamos en una situación predemocrática, segundo alzarnos contra ella. Para hacerlo hay que tener una base moral y política que sustente la lucha, pero no la hay, más allá de un nihilismo chillón e inoperante. Se habla mucho de democracia, de su corrupción, pero antes que la democracia está, nos lo enseñaron Locke y Monstequieu, la libertad; pero ésta solo se garantiza cuando en el Estado hay división de poderes. Hoy no existe una verdadera división de poderes, porque como en el absolutismo del Antiguo Régimen, uno de esos poderes, el ejecutivo y su brazo político, los partidos, lo han invadido todo. Mientras no haya un control social de los partidos políticos, una disminución de su poder, no habrá verdadera división de poderes y, por tanto, no habrá auténtica libertad. Es en ese mundo de poderes absolutos, encarnado en los partidos políticos, donde radica el mal que propicia la corrupción.

 

La democracia exige partidos políticos, pero no necesariamente estos partidos políticos.

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