En agosto de 2008 al poco de fallecer nuestro hijo Antonio, escribí un artículo que publicó El Faro Astorgano y hacía referencia a la gran impronta que dejó, y contaba alguna anécdota de su bien hacer.

Muchas personas se dirigieron a nosotros, dándonos su parecer sobre su vida y lo que de él se hablaba en el artículo. En un segundo escrito decía que su halo de bondad había conseguido que gente que  no conocíamos o que nunca habíamos hablado con ellos, se acercara a nosotros manifestando el cariño o la emoción que les producía su recuerdo.

Una de esas personas, que entonces desconocía, era Gloria.

Gloria entró en nuestras vidas de una forma imprevista e impetuosa.

Una  mañana de estío cruzaba los soportales de La Plaza para ir a Santocildes, y ella venía de frente. De pronto me dice: ¿es usted el padre del niño que se murió, de Antonio? Al decirle que sí,  ella emocionada me dijo: qué bonito lo que escribió. Lo leí en El Faro y me gustó mucho.

Yo quería mucho a ese niño. Lo veía en misa con su abuela y por la calle, y siempre me gustaba verlo. Yo leo  todo El Faro, leo mucho.

Ese encuentro me dejó  gratamente  sorprendido, y a partir de ahí, nos vimos ya de continuo y empezamos una relación  más cariñosa. Cada vez que hacía un escrito me lo comentaba, y se creó un hilo de afinidad entre nosotros, que me llevó a dedicarle un poema cuyo estribillo está a modo de epitafio en la lápida que en el cementerio cubre la ausencia de Antonio. Ese poema la emocionaba mucho, y lo leía y releía con gran intimidad y regocijo.

Nuestra amistad  se acrecentó con la feliz circunstancia de que su hijo  José Luis, que está en Zaragoza, vive a escasos metros de la casa de nuestra hija Lydia. Los encuentros de nuestros hijos  y de nosotros allí y aquí, han hecho que nuestro cariño sea cada vez más intenso.

Físicamente, Gloria era una mujer fuerte a la que la vida le va propinando golpes. Su paso cansino ya necesita del apoyo de un bastón, que siempre le acompaña. Tiene una sensible cojera, posiblemente secuela de un accidente, operación o producto del desgaste sufrido en los muchos años vividos en los rigores invernales de las zonas mineras.

Su voz característica entre afonía y ronquera le viene de los aires fríos de Almagarinos y Tremor de Arriba, lugares en los que su marido hendía la pica en las rocas negras del carbón de la mina, para sacar el sustento con el que alimentar a su familia.

En ese ambiente Gloria se curtió con la fuerza que da la necesidad de sacar una familia adelante con los escasos medios de la época en la que le tocó vivir.

De fuertes convicciones morales y religiosas, Gloria destila bondad a raudales, y estoy seguro de que su fe le ha sido premiada con su deseo.

Debió ver de cerca su final, y en la simbiosis materno filial, su hijo José Luis se vino desde Zaragoza el sábado, y después de la misa dominical se reunió con todos sus hijos en una comida y una velada íntima, en la que reflejó la gran alegría que le producía el hecho de estar todos juntos. Éste pensamiento en voz alta, y el deseo de verlo cumplido, fueron sus últimas palabras.

Al acostarse, sus rezos diarios la sumieron en una felicidad total, que ya no tiene límites.

Ahora Gloria Graña Vázquez, ya estás en la Gloria del Padre con tu Porfirio y mi Antonio.  Hasta siempre querida  amiga. Descansa en paz.

Miguel Ángel Fernández Pérez