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Opinión


1 de noviembre de 2018

Floro de Piroca


A Floro de Piroca, hermano de mi tío Luis, lo conocí en la Playa dePobla de Farnals (Valencia), en un apartamento lleno de libros que le había cedido otro de mis tíos -José Sal-, y allí me iría contando su vida a pinceladas. Era el verano de 1976.

Floro se llamaba Florentino Rodríguez -Piroca es el apelativo de la familia- y era alto, bien parecido y fuerte. Siempre fue soltero y trabajó desde muy joven de factor en la estación del tren de la MSP en Ponferrada. “En gran velocidad”, me precisaría Floro, un concepto para mí muy misterioso porque no sé yo que significaría la gran velocidad en un tren que tardaba tres horas largas en hacer los 60 kilómetros que median entre Ponferrada y Villablino.

Floro conoció la vida de la pequeña ciudad en tiempos de la República, y allí habló, leyó, rió y reflexionó hasta que un buen día decidió ampliar sus horizontes. Pidió dinero a la familia y sacó un pasaje para la República Argentina. Ya en Vigo, y unos días antes de embarcar, se lo pensó dos veces, y decidió que se quedaba. Revendió el pasaje y con su producto anduvo por fondas buenas de Galicia y por restaurantes de fama hasta que, acabados los dineros, apareció de nuevo por el Bierzo, provocando una mezcla de alegría y de indignación en su familia, que ya lo daba por bien desembarcado en Buenos Aires.

Vinieron luego unos tiempos oscuros, creo que dedicados por Floro al oficio de viajante. Cuando reunió lo suficiente para devolver a la familia el importe del pasaje malbaratado, logró que los suyos le anticiparan el precio de un nuevo billete para el Cono Sur. Esta segunda vez Floro sí que subió al trasatlántico, convenientemente escoltado por la mirada de dos de sus hermanos en el muelle.

En América Floro vivió la vida rutilante de la gran urbe del Plata. Escuchó tangos y milongas, conoció mujeres y pampas, hipódromos y cines, librerías y teatros, y muy probablemente la confitería del barrio del Once donde había pontificado Macedonio Fernández… Tampoco es descartable que hiciera amistad con Eduardo Blanco-Amor y que escuchara algún mitin encendido de Castelao. Yo quiero pensar que llegó a compartir una tarde de humor y de coñac con Adolfo Bioy Casares en el restaurante “La Biela”. En todo caso, puedo afirmar que Floro leía a Borges, al que había visto en una conferencia de las muchas que pronunciaba por aquel tiempo el gran escritor.

Floro volvió a España en los años sesenta, donde hizo vida de pequeño negociante y de viajero de casa en casa de sus hermanos, con paradas en Sevilla, Ponferrada y Roa (Burgos). Hasta que se retiró en Valencia, con sus libros y su sonrisa, que nunca abandonaba. Era un conversador extraordinario, culto e inteligente, y un hombre bohemio y liberal. Cuando se hizo más mayor se recogió al cuidado de unas monjas de Vinaroz. Que debieron de tratarlo muy bien porque a su muerte, y teniendo en cuenta que Floro era agnóstico, lograron que su herencia quedara para mayor gloria de la congregación.

CÉSAR GAVELA

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