Num: 2330 | Miércoles 5 de agosto de 2020
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Opinión


En realidad el título de artículo era España, país anómalo; pero el sentido peyorativo del adjetivo, lo que como se verá no es cierto porque en este caso tiene para mi un matiz positivo, me obligó a cambiarlo. Se refiere el título al resultado de las elecciones europeas del pasado domingo en nuestro país que, en cierta medida, es bastante diferente del que conocemos en los países más inmediatamente cercanos, como Francia y Reino Unido. Sí se parece las elecciones en la escasa participación y el resultado en la debacle de los grandes partidos que suelen sustentar el sistema parlamentario europeo: populares y socialistas. No se parecen, por el contrario, en el éxito de los partidos minoritarios: en Europa ha sido espectacular el ascenso de los partidos xenófobos, de extrema derecha; en España el de los partidos antisistemas de extrema izquierda. En ambos casos se trata de partidos populistas pero de signo diverso, cuestión sobre la que intentaré reflexionar en este artículo porque creo que es lo más interesante de lo ocurrido.

 

Antes diré que las elecciones europeas, pese al revuelo alzado en nuestro país -incluido la dimisión anunciada de Pérez Rubalcaba a la secretaría del PSOE y la convocatoria de un congreso extraordinario- se prestan a estos experimentos con gaseosa, aunque me parece que son escasamente representativas de lo que suelen ser unas elecciones a los parlamentos nacionales o en unas elecciones municipales y autonómicas. Ciertamente, en este caso las elecciones europeas se plantearon como una cuestión local, pero sabiendo los electores, o la mayoría, que no se jugaban nada. Nadie en la campaña electoral habló, por ejemplo, de la Unión Europea, de cómo desarrollar y democratizar sus instituciones, de una política fiscal común, de los problemas de la inmigración que nos afectan, el banco europeo, etc.; de lo que hablaron los partidos españoles fueron de problemas domésticos, aunque pasaron de puntillas por lo más grave: la corrupción y el desafío nacionalista en Cataluña.

 

Los resultados estuvieron en relación con los problemas domésticos, como es lógico: batacazo de los dos grandes partidos nacionales, especialmente en el caso del PSOE y de su socio el PSC, ascenso de la extrema izquierda antisistema, con un inesperado salto a la política de un partido nacido del movimiento 15 M, como Podemos. ¿Estos resultados, más allá del cabreo de los electores del PP y PSOE, reflejan la realidad política del país? ¿Marcan alguna tendencia futura? Lo dudo. Por una vez y sin que sirva de precedente estoy de acuerdo con Arriola, el gurú de Rajoy y del PP, que los despachaba el otro día con comentarios displicentes. Hay, a mi juicio, dos razones que avalan mis dudas: primero la abstención que ha superado el 55% de los electores ¿Acaso ese 55% o, al menos el 35%, no va a votar en unas elecciones generales en las que se juegan cosas tangibles, como las pensiones, los salarios, la estabilidad en el empleo, la seguridad en la calle, etc.? La abstención ha sido una llamada de atención al PP y al PSOE en el culo de Europa, nada más.

 

La segunda, porque la circunscripción electoral única y el sistema proporcional favorecen, en este caso, a los grupúsculos porque suman todos los votos y no se pierde ninguno; pero en las elecciones generales, con una circunscripción provincial, la exigencia de un 5% para acceder al reparto de votos deja fuera de juego a la mayoría de esos pequeños partidos, también la ley D’Hondt. Lo hemos visto muchas veces en el caso de Izquierda Unida. Su millón y medio de votos queda reducido a cuatro o cinco diputados, cada uno de los cuales exige doscientos mil votos, mientras que PP y PSOE alcanzan su último diputado en muchas circunscripciones con cincuenta o sesenta mil votos. La circunscripción provincial, o la municipal para el caso de las elecciones municipales, y la ley D’Hondt arrollan a los pequeños partidos y eso no hay quien lo cambie por ahora.

 

El batacazo de los grandes partidos, en España y en Europa, ha sido espectacular, especialmente el de los socialistas. Si duro ha sido el retroceso del PSOE y el PSC, no le han ido a la zaga los socialistas franceses o los laboristas ingleses. Gobiernen o no se les acusa, como a los partidos de derechas, de corrupción generalizada, de la crisis y de las duras políticas sociales (los recortes en sanidad y educación) para salir de la misma. Se les acusa también de no haber sabido tratar el tema de la inmigración a la que se achaca, en muchos casos con razón, del grave deterioro de los servicios sociales. Este es el caldo de cultivo de los partidos nacionalistas, xenófobos y de extrema derecha, cuyos caladeros de votos son los trabajadores y los jóvenes en paro. El triunfo del Frente Nacional de Marie Le Pen en Francia y del UKIP de Nigel Farage en Reino Unido, que han conseguido 25 diputados cada uno, es su consecuencia; también el avance de estos extremistas en Holanda, Alemania, Dinamarca, Austria, etc. La Unión Europea no desaparecerá pero algunas políticas peligran por la demagogia de estos partidos xenófobos y nacionalistas.

 

En España, y esta es la feliz anomalía a la que me refería al principio, este tipo de partidos no existen realmente. No quiero decir que no haya gente xenófoba o ciudadanos preocupados por las consecuencias de una inmigración excesiva e incontrolada, los hay y probablemente muchos; pero en España no existen partidos políticos xenófobos. Hay algún grupúsculo a la derecha del PP pero se trata, como en el caso de Vox, de ex-populares descontentos con la política escasamente beligerante con el nacionalista del gobierno de Rajoy o sus cesiones a los terroristas de ETA, pero no son xenófobos. De hecho, cosa muy positiva, no hay nada políticamente organizado más allá del PP, que ocupa todo el espacio de la derecha. Algunos, con escaso sentido histórico y sin sentido común, achacan esto al PP, cuando realmente se trata de una gran aportación de este partido a la causa de la democracia, porque nadie en su sano juicio puede denunciar al PP como antidemocrático: ha domesticado a la extrema derecha.

 

No es eso lo que ha hecho el PSOE con el espacio a su izquierda. Tanto ha jugado con fuego que al final se ha quemado. Los actuales dirigentes han querido instrumentalizar a los movimientos antisistema, como el 15 M, pero al final ellos mismos han perecido en la vorágine de su locura. Su actitud me recuerda la obra teatral de Bertold Brech –La resistible ascensión de Arturo Ui– parábola de gángsters sobre el ascenso del nazismo al poder: si aupas a uno de estos no te extrañe que te mueva la silla. Estos días, algunos, olvidando esta lección, hablan de virar en su política hacia la izquierda, como si no hubiera sido ese viraje el que les ha conducido a esta situación. El PSOE es un partido de dirigentes cabreados, sobre todo de mujeres crispadas a las que parece que se les debe algo, incapaces de articular un discurso nacional creíble. Estos días se echan los trastos sobre si un congreso extraordinario, como quiere el aparato del partido, o unas primarias para abrirse a la sociedad; es decir, hablan de personas -que eso es su verdader preocupación-, pero no de ideas ni de programas. ¡No tienen arreglo!

 

Con los problemas sociales que vive España, lo extraño es, como he dicho, que no hayan cuajado aquí partidos xenófobos de extrema derecha. Lo que ha parido esta –no sé si como el parto de los montes- ha sido una extrema izquierda populista y demagógica. No una izquierda socialista o comunista sino una izquierda, en terminología de Gustavo Bueno, divagante y extravagante. Creo que hay dos razones, aparentemente contradictorias pero complementarias que, por cierto, no son de ahora sino una de esas invariantes a que tan acostumbrados nos tiene nuestra peculiar historia. Me refiero al alma anarquista de una parte del pueblo español, un anarquismo sin ideas ni programas -más allá de un vago humanismo y de una solidaridad sin muchos compromiso-, sino práctico, de lucha callejera, de llamada a las barricada. Es en aquel humanismo y en la solidaridad donde se dan la mano con el fondo católico de muchos de estos activistas, muchos de ellos huidos hace mucho de seminarios y conventos. Unos y otros son quizá ahora antirreligiosos e incluso furibundos anticlericales, pero en su fondo aún pesa aquella educación recibida: la solidaridad masónica les recuerda la caridad cristiana. Las fotografías que el miércoles publicaba El Mundo de un Pablo Iglesias, flamante líder de Podemos, vestido de monaguillo en la Zamora de su niñez visualiza a la perfección lo que digo.

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