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Opinión


27 de julio de 2021

El coste social de la masculinidad


La sociedad patriarcal, extendida en mayor o menor grado por todo el planeta, basa su estabilidad en la imposición de dos modelos de valores diferenciados para mujeres y hombres, tendentes a conseguir la docilidad y el sometimiento de las mujeres a los hombres, y a perpetuar la dominación de los hombres sobre las mujeres.

La muestra más extrema y dolorosa de este sistema de valores es la violencia contra las mujeres; una violencia que nos estremece a diario y que muestra la resistencia de algunos hombres a perder la posición de dominio.

Los datos del Portal estadístico de la criminalidad del Ministerio del Interior referidos a 2019 son elocuentes: el 93% de los malos tratos habituales en el ámbito familiar son cometidos por hombres. Y si saltamos los límites de los hogares, las cifras son también escalofriantes: el 99% de las agresiones sexuales, el 95% de la pornografía de menores, el 93% de la corrupción de menores o incapacitados, figuran en el haber de los hombres.

Este modelo de masculinidad, basado en la violencia, en la fuerza física y en el riesgo inútil, es un grave peligro para la sociedad en su conjunto, ya que provoca el 83% de los delitos penales en España, dato que se mantiene idéntico en las infracciones cometidas por extranjeros y también por menores.

Desgranando los delitos según su tipología, encontramos que los hombres son responsables del 89% de los homicidios y asesinatos, del 88% de los robos con violencia o intimidación, del 91% de la sustracción de vehículos o del 89% de los delitos que atentan contra la seguridad colectiva como tráfico de drogas (85%), seguridad vial (91%) o infracciones de orden público (84%). No resulta extraño, por tanto, que ocupen el 93% de las plazas de nuestras cárceles.

Los valores tradicionales vinculados a la masculinidad tejen, por otra parte, una trampa para los propios hombres que los lleva a asumir riesgos innecesarios para demostrar valentía o los sumerge en un sentimiento insuperable de fracaso si no responden a los cánones establecidos para su sexo. La sobremortalidad masculina se refleja en datos como las personas muertas por accidente de tráfico (77%), otras muertes accidentales (60%) o los suicidios (74%).

El precio de la masculinidad

Le coût de la virilité es el título de un estudio realizado en Francia, en 2019, por la historiadora Lucile Peytavin, publicado recientemente por Editions Anna Carrière. En él se recogen los datos de las conductas violentas y de desprecio a las leyes y a la organización social protagonizadas por hombres en el país vecino.

El ensayo de Peytavin, tras realizar unos complejos y rigurosos cálculos, concluye que el cambio del sistema patriarcal permitiría al Estado economizar algo más de 95 mil millones de euros al año (el 7% del presupuesto del Estado francés en 2019), teniendo en cuenta únicamente costes puramente financieros (policía, cárceles, sistema judicial…), sin contabilizar los cientos de miles de vidas salvadas y los sufrimientos sicológicos y físicos que se evitarían.

Centrándose únicamente en las cifras económicas, Peytavin calcula que sin la violencia y transgresiones masculinas, en un solo año, el Estado francés podría erradicar la pobreza extrema (7 mil millones), sufragar el déficit del sistema de pensiones hasta 2030 (27 mil millones al año), aumentar un 50% el presupuesto de investigación (25 mil millones), complementar con 15 mil millones el presupuesto ecológico para completar la transición de transporte y vivienda, además de financiar gran parte de las ayudas a las personas mayores y dependientes (19 mil millones al año).

En el caso español, podemos hacer un acercamiento al coste de la masculinidad adaptando las cifras económicas francesas, ya que el porcentaje de delitos cometidos por hombres es muy similar en ambos países.

Partiendo del presupuesto del Estado español en 2019, que ascendió a 472.660 millones de euros, el 7% (que es lo que Peytavin imputa al coste de la masculinidad en Francia) asciende a 33.086 millones de euros.
Grosso modo, es una cantidad ligeramente superior a la suma de los presupuestos del Estado español destinados, en 2019, a Educación (2.722 millones), Sanidad (4.292 millones), apoyo al desempleo (18.102 millones), Cultura (953 millones) y fomento de empleo (5.985 millones).

La masculinidad aparece, por tanto, como una importante traba para el desarrollo humano y económico de las sociedades, también de la española.

Hacia la abolición de los géneros (no de los sexos)

Ante semejante problema se han realizado investigaciones sobre las causas de la violencia y sus posibles soluciones.

Durante los siglos pasados, las teorías basadas en las hormonas, en los instintos y en las raíces naturales y espontáneas de la violencia humana resultaban atractivas, pero en la actualidad son tesis indefendibles desde un posicionamiento científico.

La realidad es que los hombres no son, por naturaleza, más violentos que las mujeres.

Como defiende el siquiatra Rojas Marcos en Las semillas de la violencia, todas las personas nacemos con el potencial para ser violentas. Pero también nacemos con la capacidad para la compasión, la generosidad, la abnegación y la empatía. Todas estas características, incluida la violencia, se aprenden del entorno y se asumen como propias si se practican.

Se trataría, por tanto, de abolir mediante la educación y el consenso social los estereotipos vinculados al género masculino.

Tenemos el ejemplo de las mujeres que desde hace más de 300 años en occidente hemos protagonizado una lucha minoritaria pero permanente para romper las cadenas de los estereotipos de género y abrirnos camino en la esfera pública.

Gracias a la lucha feminista hemos conseguido desprendernos de características que se nos adjudicaban como innatas, como la ineptitud para el estudio o el razonamiento científico, la abnegación, la dependencia económica y vital de un hombre o la reclusión obligatoria en los espacios domésticos.

No se ha producido, en cambio, ningún avance en la superación del modelo tradicional de masculinidad que, salvo excepciones, permanece intacto.

El camino se presenta difícil por varias razones. En primer lugar, algunos hombres se resisten a cambiar ya que sienten que pierden privilegios, lo que los empuja a tratar de mantener las relaciones tradicionales que les permiten obtener ventajas. En esa resistencia hacia un cambio social que promueva una relación igualitaria entre los sexos continúan germinado formas de violencia contra las mujeres como las ciberviolencias, la pornografía extremadamente vejatoria para las mujeres (mainstream), la prostitución cada vez más brutal, la violencia sexual grupal o los viejos y ricos amantes de jovencitas (sugar daddy), según denuncia Beatriz Ranea en su libro Los hombres ante la era del feminismo.

En segundo lugar, como analiza la experta en coeducación Marina Subirats en Mujeres y hombres ¿un amor imposible?, se educa a los niños en la violencia como forma de diferenciación de las niñas, cuyos estereotipos son la abnegación y la emoción, razón por la que estas cualidades son reprimidas en los niños.

Nos gustaría encontrar la forma de construir una sociedad en la que todas las personas, independientemente de su sexo, tengan la oportunidad de realizarse con autonomía y de disfrutar con libertad y sin miedo de una vida plena, pero ninguno de estos deseos serán posibles mientras persista la desigualdad entre los sexos y la violencia contra las mujeres.

Para avanzar hacia esa sociedad es preciso, como primer paso, el reconocimiento de la magnitud de los delitos y agresiones que sufrimos por un concepto de masculinidad cimentada en la dureza, en la fuerza física, en el dominio y en el desprecio de la mujer. Una vez analizados, al igual que ocurre con otros males colectivos, también estos podrán ser mitigados y prevenidos.

Asociación Feminista Leonesa Flora Tristán, junio 2021

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