Tenemos a una derecha en general a la defensiva, avergonzada de los muchos pecados que el capitalismo ha cometido y de las dictaduras que ha patrocinado. Mientras que la izquierda, que prácticamente no había gobernado en ninguna parte, aparecía envuelta en el halo de su programa idílico, a caballo de consignas sublimes: “Libertad, igualdad, fraternidad” ¿Quién podía competir contra eso?

Ha transcurrido poco tiempo. Ya se tienen experiencias de gobierno de la llamada izquierda, “el paraíso del proletariado”. Los paraísos solo existen en la imaginación humana. A lo único que podemos aspirar es a ir mejorando nuestras condiciones de vida, sin dañar a las de los otros y las del propio planeta, que es lo que hemos venido haciendo mal desde que nos bajamos de los árboles.

Que la izquierda quiera mostrarse con superioridad moral, debería entonces olvidarse de sus viejos nombres, como el “comunismo” y otros nuevos más o menos impactantes. En este sentido, actúa tan hipócrita o más que la derecha. La izquierda, con la llegada de la democracia parlamentaria, hoy recela de las novedades, de la industrialización y se vuelve conservadora y tradicionalista. Mientras que la derecha se ha hecho progresista en su acepción de avance en un mundo globalizado, tecnológico e innovador.

El comunismo y el socialismo dieron a luz la socialdemocracia, que renuncia a nacionalizar el sector productivo y acepta la empresa privada y el libre mercado. Ya pocos, salvo los extremistas, creen en el igualitarismo social porque demostró crear una dictadura del proletariado o de la clase dirigente del partido comunista. Fin del paraíso y la utopía. A nuestra izquierda moderada solo le queda el repartir lo más racionalmente las ganancias que brinda el capitalismo. Ello no impide que queden restos de izquierda “de trinchera” con fenómenos populistas.

La derecha centrada y democrática es la derivación del sistema liberal económico aplicado políticamente como parlamentarismo. Y su papel parece ceñido a corrector, moderador y motor cuando el devenir se vuelve irrreal o irresponsable. Si se gasta más que se ingresa eso genera una alteración no sólo en los gobiernos, si no en todo el sistema. 

Y en este juego de contrapesos estamos

El editor