Num: 3177 | Miércoles 30 de noviembre de 2022
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Opinión


Fernando Pessoa decía que las contradicciones son la esencia del universo y debía tener razón. Nada más tenemos que observar nuestros propios comportamientos para confirmar la veracidad de esta afirmaciòn del escritor lisboeta.

Como es sabido, España cuenta con una Ley Orgánica de Protección de Datos Personales y garantía de los derechos digitales, que tiene noventa y siete artículos estructurados en diez títulos, veintidós disposiciones adicionales, seis disposiciones transitorias, una disposición derogatoria y dieciséis disposiciones finales.

Con un cuerpo normativo así de frondoso cabría pensar que el nuestro es un pueblo donde se defiende la intimidad por encima de todo y se salvaguarda la privacidad, prácticamente con el mismo entusiasmo, tanto en el ámbito privado como en el empresarial.

Sin embargo, si nos asomamos a las redes sociales podemos comprobar, sin demasiado esfuerzo, que son muchos los ciudadanos que, justamente, están entregados, prácticamente sin descanso, al ejercicio contrario, es decir, a la permanente devaluación de su intimidad mediante la exhibición inmoderada de muchos aspectos de sus vidas, que deberían pertenecer a su ámbito más privado.

El ensayista estadounidense, especializado en temas de tecnología, cultura y economía, Nicholas Carr ya advertía en un libro de reciente publicación que a la gente cada vez le importa menos su privacidad.

Y es que no sólo no nos importa ser observados, sino que, además, nosotros mismos procuramos hacer más atractiva la observación, exhibiendo sin celajes o cortapisas muchos datos de nuestra intimidad; una intimidad que al hacerse pública también   es susceptible de ser utilizada o comercializada por empresas o entidades con fines económicos, que es justo lo que trata de evitar la normativa.

No sé si será cosa de la edad o de mi condición de tímido impenitente, pero a mí me sigue llamando la atención el comportamiento de los feisbuqueros, blogueros, tuiteros o youtuberos que informan en las redes de todo lo que hacen, independiente de la importancia que ello pueda tener para la mejora de la raza humana o el progreso de las ciencias.

Todo puede valer, desde una relajada ascensión dominical al monte Teleno, que se narra como si de la arriesgada ascensión al  Annapurna se tratara, hasta una comida en cualquier restaurante de la comarca en el que los internautas se dedican a fotografiar los dos platos principales y el postre, como si fueran las elaboraciones que Ferrán Adria preparaba en los fogones del Bulli, con minuciosidad de alquimista y precio de tallador de diamantes.

Pero esto son solo dos ejemplos, se podrían incorporar muchos más, como los protagonizados por esos usuarios de las redes que, cuando llegan a un hotel y antes de deshacer las maletas, realizan un exhaustivo reportaje fotográfico de todos y cada uno de los rincones de la habitación, minibar incluido. Un celo fotográfico que se produce igualmente si se trata de una casa rural, aunque en este caso los internautas procuran retratar todas las estancias, con yacuzzi incorporado, y los rincones más destacados del paisaje, naturalmente de ensueño, en la que aquella está enclavada.

Es sabido que en esas exhibiciones online hay un componente de presunción o de vanidad porque quien las hace sabe que el vecino del quinto o la compañera de oficina va a verlas, posiblemente, a los pocos minutos, con una pizca de admiración y bastante envidia. Y como, en el fondo, también se trata de eso, pues no importa que el precio a pagar sea el reducir cada vez más los límites de nuestra intimidad.

Es decir que, a pesar de nuestra copiosa Ley Orgánica de Protección de Datos y grandes expresos europeos, las redes sociales, con la inestimable colaboración de muchos de sus usuarios, han convertido a España en un país de cotillas online, con derecho de pernada en materia de privacidad ajena. Ya lo escribía Parménides en el siglo VI a.C:  “Preciso es que te enteres de todo”

Hemos dejado atrás esa figura tan tradicional y castiza del portero/a de finca urbana, que lo mismo podía cotillear de los escarceos amorosos del señorito del ático que de la operación de apendicitis del niño del primero, para llegar a la plena consolidación de otra figura nueva, la del cotilla online, que con un smartphone de penúltima generación  puede saber lo que hacen los vecinos de su inmueble o a qué dedican el tiempo libre esos amigos con los que coincidió en el último viaje del IMSERSO, sin que nadie le pueda acusar de incumplir la Ley Orgánica de Protección de Datos Personales.

Desde luego, no merecemos los desvelos legislativos de nuestros próceres políticos del Congreso.

 

Ángel María Fidalgo

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