Eternamente rebeldes. Así son los chicos de Podemos. Así quedó demostrado en su asamblea Vistalegre 2 de este fin de semana. Cuánto hubiera dado Pablo Iglesias por correr delante de los grises en los campus universitarios en los primeros años de los setenta del pasado siglo. Hubiera estado en su salsa. Pero como a falta de pan buenas son tortas, Vistalegre 2 se clausuró con La estaca de Lluis Llach, puño en alto y todos cantando al unísono. Como en los viejos tiempos. Sólo faltó que invitaran a Paco Ibáñez a cantar A galopar. Canciones que son un síntoma de chicos rebeldes, críticos, comunistas, antifascistas que tratan de derribar a un dictador agonizante. Lo que sucede es que ahora los tiempos han cambiado; hoy estas puestas en escena ya están un poco desfasadas. Quizá aún sirvan para una asamblea universitaria, pero poco más.

Este es el problema. Pablo Iglesias ha ganado el  congreso de Podemos y ahora tiene que madurar y convertirse de verdad en un líder político y dejar de representar el papel de cabecilla universitario progresista, inconformista, antisistema y rebelde. Estaría que bien que rescatara lo mejor de Errejón y le hiciera caso en desarrollar estrategias parlamentarias y de participación activa en las instituciones, que es donde de verdad se logra cambiar las leyes y, por extensión, la parte del sistema que no les gusta. Movilizar la calle está bien para apoyos puntuales, pero la política de verdad hay que hacerla con propuestas viables en el Parlamento y en los gobiernos de ciudades, diputaciones y autonomías.

Seguramente los cinco millones de votantes de Podemos esperan que, de una vez por todas, Pablo Iglesias, ahora con todo el poder del mundo en sus manos, pase de las musas y al teatro y haga efectivas sus estrategias políticas para desbancar, en su día, al gobierno del derechista Rajoy. Un objetivo quizá utópico, pero legal y democrático.

Claro que Rajoy se lo va  a poner muy difícil. Ya lo decía el presidente gallego, Alberto Núñez Feijóo, este pasado fin de semana en la Caja Mágica, escenario del congreso nacional del PP: “¿Habéis visto la imagen detrás de Rajoy mientras hablaba? El miraba al Atlántico y el mar golpeaba una roca. Rajoy es la roca”. Tiene razón el político gallego. Rajoy es la roca, la esfinge, el único político del mundo que logra avanzar sin moverse. Un claro objeto de estudio en las facultades de ciencias políticas de todo el  mundo. El éxito de Rajoy ha estado en mantener su posición contra viento y marea y dejar que los demás no sólo se muevan sino que se enfrenten entre sí, que afloren sus contradicciones internas y que se desgasten y erosionen hasta la ruina. Ese ha sido el éxito político y electoral de Rajoy y del PP. El triunfo del inmovilismo.

Hasta los innumerables casos de corrupción que han implicado a numerosos políticos populares se han estrellado contra la roca. Rajoy ha aplicado el reglamento, ha expulsado del partido a los corruptos y a otra cosa. Como si los expulsados no tuvieran pasado, como si no hubieran cometido sus fechorías amparados por unas siglas políticas. Pues no lo tenían o no importaba, que es lo mismo. La roca es capaz de ganar elecciones contra los elementos y contra todos. De ahí que de este congreso haya salido fortalecido e incuestionado. ¿Quién iba a pensar o imaginar hace tan sólo tres o cuatro años que en un congreso nacional del PP no se fuera a mencionar para nada a José María Aznar? Increíble. Nadie en la derecha española echa de menos a Aznar. Todo el poder para Rajoy.

Por eso, en plena galerna, con olas de ocho y diez metros, la roca sigue allí, inmutable, en la cercanía, como un faro alumbrando el principio de que lo mejor en política es no moverse. Y menos si en la otra orilla ponen como música de fondo canciones de Lluis Llach.