Hace relativamente bien poco, unos meses, que para Astorga y sus comarcas es ayer, publicaba en este mismo periódico un artículo sobre el libro que recogía la vida de Antonio Martínez. Y de paso, adentraba en un personaje singular, como los que da la madre tierra en pocas ocasiones, henchido de aventuras, vivencias y personalidad.

Tuvo el bueno de Antonio a bien enviarme una nota, me imagino a instancias de su hija Carmen, de agradecimiento y de recuerdo de nuestra última tertulia veraniega en casa de Rafael Álvarez junto con los marqueses de Astorga y algún que otro amigo más. Esas noches de agosto astorgano que sólo si eres del lugar puede uno saber de qué estamos hablando. Antonio, el jamonero, el maragato, el señor Antonio… nos deleitó con la chifla que como los ratones del cuento de Hamelin nos hipnotizaba y volvía a la infancia de nuestros sueños, a la época de fiestas tamboriles y al tiempo de ancestros intemporales con sangre y raza de la Maragatería.

Me llegan por whatsapp las noticias, mientras termino una reunión por skype, -Antonio renegaba el hombre de las nuevas tecnologías, aunque al final las aceptaba- con el webmaster de nuestras cabeceras periodísticas; el teléfono pita que pita, como la siniestra sombra de la muerte que llega con la fatídica noticia de la muerte de Antonio.

La Maluenga y todo el entorno de montaña entre Foncebadón y Manzanal se quedan sin uno de sus hijos más predilectos. Astorga sin un empresario a la vieja usanza. La cultura sin uno de sus valores y activos más importantes. La familia sin el patriarca. Y yo sin un amigo. Todos hemos perdido algo con la marcha de Antonio. El último arriero del que teníamos constancia.