Catalanes independentistas que ejercen su dictadura idiomática imponiendo un monolingüismo cateto, el tío Donald suprimiendo la página en español de la Casa Blanca al día siguiente de acceder a su cargo, vascos intolerantes mirando mal a los desconocidos cuando entran por error en una herriko taberna hablando español, gallegos que te llaman fascista por exigir en un restaurante que te hablen en español porque no les entiendes (como le pasó a un colega que procedió a presentar la correspondiente denuncia y hubo de ser indemnizado)… son demasiados los atentados contra el castellano como para que estemos encima acudiendo a anglicismos estúpidos cuando existen palabras de sobra para expresarnos en nuestro idioma. Por eso llamo “acoso” a este artículo y no lo encabezo con el anglo-palabro “bullying” que utiliza todo el mundo sencillamente para decir “acoso escolar”. No se me entienda mal, Dios me libre de caer en la misma catetada de la defensa a ultranza de la lengua autóctona renunciando a la universalidad tanto del castellano como del inglés ni tampoco que me meto con todos los catalanes, vascos, gallegos… (esa es la habitual y tramposa técnica de los separatas, el victimismo e identificar su región como foco de nuestras iras cuando solo vamos contra ellos).

Lamentablemente el acoso escolar se ha dado toda la vida de Dios aunque ahora esté de plena actualidad por su difusión en los medios y porque, afortunadamente, se intente combatir más de lo que nunca se hizo. De facto, lo que yo soy, mi personalidad confieso que se forja como consecuencia del acoso escolar. Conservo muy vivo en la memoria el calvario que me hicieron pasar unos niñatos en el parvulario porque les dio por practicar el deporte de apalearme en cada recreo. Como recuerdo ese acoso físico igual de amargamente recuerdo el acoso psicológico de varios nenes de bien que me hacían foco y objeto de sus burlas marginándome de sus juegos y provocando largas mañanas o tardes contemplando el Teleno apoyado en una pared de la muralla porque mi pobre madre, ignorante de las verdaderas causas, creía que todo procedía de mi timidez y me forzaba a intentar salir con el grupito de “los divinos de la muerte”. Madre, que no, que a mí nunca me integraron en el grupito de “los estupendos” por mucho que tú te empeñaras.

Hay dos formas de afrontar el acoso escolar, como casi todo en la vida: le plantas cara o lo asumes y dejas de ser persona. Yo opté por lo primero. Entonces existen muchos modos de plantar cara: solo ante el peligro, si tu voluntad es fuerte y tienes determinación o, si no es así, puedes buscar ayuda en tus formadores y/o en las instituciones públicas incluyendo a la policía. Una buena ayuda son los deportes marciales pero si tu formador es bueno te enseñará a utilizarlos para valorarte y para respetarte a ti mismo y a los demás, nunca como medio para ser aún más agresivo que tus propios agresores. Yo tuve la suerte de ser formado por el maestro Cho Sung Joon y esa filosofía me la dejó tan clara que jamás me he peleado fuera de un tatami. El agresor es muy comúnmente un cobarde que se auxilia en la manada y se crece ante la inoperancia del agredido. Nunca debe asumirse como normal tener que pasar por una cosa así y debe detenerse el acoso con todos los medios a nuestro alcance. Como la sociedad que cede al chantaje terrorista está perdida, igualmente perdido estará un acosado que no afronte el problema de cara y se deje amedrentar.

Pero, sin duda, lo más efectivo contra esta lacra es la educación y la aplicación de su necesaria componente punitiva sin complejos. A la sociedad no le debe temblar la mano para acabar con estas situaciones que pueden convertir a una persona en un desgraciado y arruinar su vida a todos los niveles; no se puede consentir la ley del más fuerte y hay que articular los mecanismos que la erradiquen. Yo pienso además que no solo deben ser castigados los pequeños agresores sino que la responsabilidad debe alcanzar sin paliativos a sus padres. A mí que no me vengan diciendo que los padres de unos salvajes capaces de agredir a una pequeña hasta causarle lesiones graves no tienen su cuota de responsabilidad. Falta educación y sobre todo respeto por las personas más débiles. La tolerancia con un acosador debe ser cero y desde luego su comportamiento nunca debe ser jaleado ni justificado por sus progenitores. Admiro a aquellos padres que son capaces no solo de comprender y de asumir que sus hijos son culpables cuando lo son sino de secundar los efectos punitivos que deben acarrear las acciones reprobables que puedan tener. El daño de muchos “padres modernos” al sistema educativo cuando van a reprobar las acciones punitivas coherentes a las escuelas es demoledor. No se trata de volver al pasado y llevar un segundo tortazo en casa cuando te lo habían dado en la escuela pero sí de apoyar la disciplina y la jerarquía como pilares de la formación. Un progenitor que defiende a su hijo cuando ha agredido o acosado no es consciente del daño que causa a la víctima, a la sociedad e incluso a su propio hijo. Los hay que incluso van más allá y discuten como salvajes cuando ven competir a sus hijos o incluso insultan o agraden a los árbitros, patético. Me encantó la decisión de los educadores de un colegio esta semana: sacar a su equipo de baloncesto de una competición porque se habían mofado del equipo contrario en las redes sociales y dedicar su tiempo a educarles en el respeto al rival.

Como cloenda: si eres fuerte usa tu fuerza para defender al débil, nunca para agredirle, porque si no lo haces así algún día te tendrás que arrepentir del daño causado pero para entonces puede que sea tarde.